jueves, 4 de agosto de 2016

Viaje en guagua (autobús) cruzando la isla de extremo a extremo (1 de 2)

Quisiera describir en esta entrada mi viaje en autobús de Santiago a La Habana, es decir, casi de un extremo a otro extremo de la isla de Cuba, unos mil km. la empresa estatal que hace el servicio se llama Vía Azul y es un trasporte que solo pueden usar los turistas y extranjeros. Se nota un poco en el confort interior del vehículo, aunque tampoco pensemos en lo de España. No hay sistema de audio individualizado, ni por supuesto Wifi.
La salida, prevista para las 13:50 solo se ha demorado unos 3 cuartos de hora, en principio, tampoco es mucho y parece que pueda recuperarse. Dos días antes otro compañero salesiano de Colombia, hermano José Luis, hacía el trayecto en sentido inverso ha llegado a su destino con más de 2 horas de retraso. De hecho la llegada estaba prevista a La Habana para las 4 y pico de la madrugada y, en efecto, así ha sido.
No existen avisos de las paradas por altavoz, aunque uno de los choferes dice a alguien que está cerca de mí que haremos una parada cuatro horas después para hacer la comida, como llaman aquí al almuerzo vespertino, es decir, la cena. Antes de esta parada prevista el autobús se detiene varias veces en cruces de carretera donde hay puestos para refrescarse y comprar, pero solo bajan los choferes y no los pasajeros. Alrededor de las 18:00 llegamos al punto donde estaba previsto hacer la comida, unos pocos km. antes de Camagüey. No es un área de servicio de carretera, sino una casita unas calles apartada de la misma y aparentemente en ninguna localidad. Está rodeada de puestos móviles (carritos) de venta de galletitas, de dulces, golosinas, etc. También otras personas venden productos típicos, sobre todo, queso y turrón. Por dentro es un comedor con diversos espacios. Yo elijo pedir y tomar una botella grande de agua por la que pago 2 euros y una pizza por la que pago 10 CUP (pesos cubanos, al cambio menos de 0,50 €). Me sorprende que el agua esté tan cara y la comida tan barata.
Continuamos el viaje y pasadas varias horas en las que el autobús se detiene para dejar viajeros en Camagüey y también en otros lugares para que los choferes se sigan bajando y haciendo sus gestiones, yo comienzo a sentir ganas de hacer uso de baño y pienso cuando se podrá hacer la siguiente parada técnica para el pasaje. En una de estas paradas, ya cerca de medianoche me acerco a un chofer y le digo si puedo ir al servicio. Me contesta que unos km. más adelante entraremos en la autopista y que allí es el lugar idóneo para ello. Yo pensaba que entonces habrá un área de servicio donde está esto previsto. En efecto, minutos después yo veo por el pasillo desde mi plaza que estamos entrando en la autopista, porque hay doble carril. Me llama la atención porque pocos metros antes el coche casi frena en seco y al mirar observo que hay un ciclista sin ninguna luz, circulando a la derecha. Me asombro de nuevo. Minutos después, el autobús se para en un lugar totalmente oscuro; ya no me asombro porque continuamente está deteniéndose. De repente el viajero que está a mi lado me toca y me dice que el conductor me llama. Me acerco y me dice: - no era usted quien quería orinar, pues aquí. Me bajo y obro en medio del campo oscuro e inhóspito. Al terminar le pregunto a uno de los choferes si no hay paradas para fumar un cigarro a lo que me contesta que este autobús es expreso y que por tanto no tiene paradas. Compadre! como dicen aquí, si no ha pasado ninguna de las casi 8 horas que llevamos de viaje sin que se pare al menos una vez!
En la autopista (últimos 400 km. hasta La Habana), aunque es de noche y no se ve nada el autobús se mueve continuamente de uno a otro carril para evitar los baches, tramos deficientes del firme, socavones, etc. Afortunadamente a estas horas casi viajamos solos, sin tráfico. Finalmente, tras 15 h. de viaje, llego a mi destino. 

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